Ser hija de Paco


SER HIJA DE PACO

 

Buscando fotos en una caja, Maria Ester encontró una foto de su padre con el uniforme de carabinero con dos compañeros a su lado, estaba posando en la fachada de la vieja casona colonial en el Barrio O'Higgins, se dice que esa casona perteneció a una acaudalada familia, donde Bernardo O' Higgins pasaba a descansar de la larga travesía de Santiago a Valparaíso, hasta llegar el Alto del puerto, lo que es hoy San Roque. Aquella comisaría tenía un antejardín hermoso con grandes palmeras, también había caballerizas con lindos caballos que eran bien cuidados y en muchas oportunidades el padre de Maria Ester, le tocó hacer rondas por el barrio a caballo, donde había varias quintas de recreo y no faltaban uno que otro curaito.

 Desde que tiene uso de razón, Maria Ester recuerda a su padre vestir ese uniforme verde, él era un hombre enérgico, alto, bien parecido, pero poco afectuoso con los hijos. Ella conserva en su memoria uno que otro recuerdo bonito de su padre, porque era muy estricto. Mirando aquella foto, Maria Ester recordó que, una vez, cuando niña, él la llevó al cine a ver una película que se llamaba “Marcelino pan y vino”, también recuerda que la llevaba a la feria de la Avenida Argentina a comprar fruta, le hacía escoger unos ramos de flores, para llevársela a su mamá que siempre se la veía triste y cabizbaja.

En la familia poco se compartía con aquel padre, y menos en las fiestas porque generalmente le tocaba hacer turnos, y cuando le tocaba el turno de noche, en el día dormía y nadie podía hacer ruido. Don Juanito, como le decían sus vecinos era muy apreciado, era el paco bonachón, solícito para ayudarlos cuando lo necesitaban.  Para el día del carabinero, con mucha razón se le saludaba, más de alguna vecina amorosa, le llevaba alguna cosita rica para comer, y los niños del barrio le pedían revistas de carabineros, para hacer sus tareas. Nada que ver con los carabineros de hoy,  los pacos de antes se les respetaba, aunque había algunos como el sargento González, que era un ogro les sacaba la mugre a los curaitos que llegaban al calabozo, y era muy envidioso, y claro, porque al papá de Maria Ester, o sea don Juanito, los jefes le tenían buena y como no, si era un excelente carpintero aparte de ser paco, y por esta habilidad los jefes le pedían que hiciera arreglos en sus casas y  a cambio lo liberaban de los turnos de noche. En una oportunidad, uno de los jefes se lo llevó a un lugar cordillerano llamado el cajón del Maipo, para que le hiciera una cabaña de veraneo, allá fue el cabo Juan con su sobrino durante un mes, y finalmente le hizo la casa al jefecito ése. Ese mes con el papá en el cajón del Maipo, Maria Ester y sus cinco hermanos lo pasaron requeté bien, había chipe libre en la casa, se levantaban tarde, y se acostaban tarde, todo era mas relajado sin el papá en casa, porque cuando él estaba, la casa era la extensión de la comisaría.

Había pasado el tiempo y Maria Ester estaba pronta a casarse, ya había terminado el cuarto medio tenía 19 años, se daba cuenta de muchas cosas; como la mala relación de sus padres, también lo veía muy nervioso y agresivo con su madre y sus hermanos, algo lo tenía nervioso y claro, él ya sabía lo que se estaba gestando antes de septiembre del 1973.  


Cuando ocurrió el golpe militar, cambiaron algunos jefes, y en una oportunidad le tocó hacer el turno a la entrada de la comisaría, tenía que portar una metralleta pesada que apenas se la podía, ya los años le pesaban y estaba pronto a jubilarse, estar de pie varias horas era terrible para él, allí habían puesto sacos de arena y los vecinos o cualquier transeúnte tenía que pasar por la vereda del frente, pero como era querido por los vecinos, uno de ellos al verlo haciendo guardia, pasó a saludarlo y se pusieron a conversar,  por ese motivo fue castigado dos días sin comer en un calabozo.

 El padre de Maria Ester se comenzó a enfermar de gastritis por la tensión, en una oportunidad llegó de visita su hermano Carlos que también era paco en una comisaría en Paine, ─en un momento ella los escuchó conversar en voz baja─  pero Maria Ester igual puso oreja a la conversación desde la cocina, sin que ellos se dieran cuenta, coincidían en que se estaban enfermando de los nervios  porque estaban obligados a proceder sin miramientos contra los comunistas, el tío le contaba los horrores que se cometieron con muchos campesinos, que fueron llevados en un camión como quien lleva ganado al matadero, todos ellos fueron asesinados vilmente, contaba el tío muy angustiado, pero su hermano lo interrumpía preguntándole ─¿Pero tú participaste en esa matanza?  ─Claro que no hombre, pero era el secreto a voces, yo estaba saliente de turno de noche y dormía en casa, decía el tío de Ester─.

 Ambos hermanos, los dos pacos estaban por jubilar, física y psicológicamente no estaban en condiciones de seguir trabajando, pero se tenían que armar de valor para seguir, muchos de sus jefes eran jóvenes tenientes déspotas.

Maria Ester ya se había casado y cuando su marido fue detenido en enero del 74, su padre no pudo hacer nada, estaba con las manos atadas, a lo más le ofreció volver a la casa con su pequeña hija que ya había nacido en octubre del 73. Ser hija de paco cuando niña y joven para Maria Ester era un orgullo además que se le rindieron honores cuando ascendió a sargento segundo, y también cuando murió se lo despidió con honores.  Ser hija de un paco hoy, para Maria Ester es una vergüenza por todas las barbaridades que se han cometido antes, se cometieron en el estallido social del año 2018 y se siguen cometiendo hoy.



LA PISTOLA

Maria Ester jamás había tenido un arma en sus manos, aunque su padre fue paco o carabinero, el tampoco llevaba su arma de servicio a su casa, sí, porque con seis chiquillos era muy peligroso y además que dicen que las armas las carga el diablo.

Pero, bueno, una mañana muy temprano a los pocos días del golpe militar, un vecino del block de departamentos donde vivía Maria Ester y su esposo, llegó muy asustado, golpeó la puerta fuertemente y les pidió que por favor le guarden una pistola, ella como no sabía de armas, ni de calibres se asustó mucho por lo que se negaba a hacerle el favor al vecino Pato, así le decían todos. Pato era dirigente sindical de una empresa y miembro del partido comunista, vivía en el primer piso con su esposa y dos niños pequeños, era un tipo amable, trabajador, un buen vecino paleteado. Maria Ester muy asustada al comienzo, se niega hacerle el favor, pero su marido la convenció que era el momento de ser solidario y también por la insistencia del Pato y al aprecio que le tenían, se la reciben. ¿Dónde la guardamos? Se decían el uno al otro, ¿Si vienen a allanarnos? ¡¡estamos fritos, decía ella!!

Maria Ester como era muy ocurrente, un poco miedosa, pero igual apechugadora, vio que tenía un saquito de papel lleno de cinco kilos de azúcar, le sacó la costura del hilo de pitilla que tenía para abrirlo, calculó el peso de la pistola, la envolvió en un género suave y limpio, sacó una cantidad de azúcar, luego puso la pistola adentro, volvió a poner el  resto de azúcar y finalmente coció el saco de azúcar, con el mismo hilo, en los mismos pequeños orificios, y listo, escondida la pistola. Dos días estuvieron con el alma en un hilo y casi sin dormir con esa pistola en casa, hasta que, por fin el vecino Pato llegó a buscarla, y nunca más lo vieron, se decían muchas cosas de aquel vecino, que era un terrorista, que se asiló en Argentina. Al cabo de unas semanas, su esposa y sus hijos pequeños se fueron del lugar muy temprano en la mañana y nunca más los vieron. ¿Qué habrá sido del Pato?

QUIMANTÚ

Por otra parte, cada mañana a eso de las once, en la entrada de la universidad Católica de Valparaíso, en un costado se ubicaba un joven de 20 años con una mesa, un mantel y se dedicaba a poner sus libros para vender  a los estudiantes, la mayoría de los libros que vendía eran de la Editorial Quimantú a precios al alcance de toda persona, nunca se supo cuál era su nombre de aquel joven, pues todos le decían “El quimantú”. Muchos de los libros que compraban Maria Ester y su esposo, eran de esa Editorial,  lo hacían con mucho esfuerzo además que juntaban los pesitos trabajando los fines de semana, él en el negocio de su mamá, y ella cuidando niños por horas, esos libros eran un tesoro  para ellos  y un gran  apoyo a sus carreras y además que les gustaba leer.

 Quimantú el joven veinteañero era super simpático daba facilidades de pago a los compañeros estudiantes, en especial a los de la carrera humanistas como trabajo social, filosofía, derecho etc. Quimantú se hizo muy amigo de Ernesto el esposo de Maria Ester, compartían gratos momentos de charlas a veces se colaba en el casino de la universidad y las señoras de la cocina lo regaloneaban con algún platito bajo cuerda. El día que más vendía libros eran cuando se corría la voz que Miguel Henríquez estaría en la escuela de Arquitectura, allí se agolpaban casi todos los estudiantes del FER (Frente de Estudiantes Revolucionarios) allá partía el Quimantú con sus libros y los vendía.

Después que se cerró la Universidad  y pusieron militares de alto rango a cargo de las carreras para asegurar las reformas curriculares y así cambiar el nuevo paradigma social y económico. Ernesto y muchos fueron expulsados de la universidad y Quimantú no se le permitió vender sus libros y nunca más se vio. Se ha dicho en estos días después de casi 48 años que la Editorial Quimantú que fue socavada por el régimen militar, está volviendo a editar libros.

MARCOS A.

Un día de verano Ernesto y Maria Ester conocieron a Marcos y Margot. compartieron gustos afines tenían hijas de la misma edad y les gustaba analizar la política contingente corría el año 75, surgió una amistad muy bonita entre ambas familias por lo que bautizaron juntos a sus hijas y se hicieron compadres. Pasaron algunos meses que no se veían cuando de pronto Ernesto y Maria Ester decidieron ir a visitarlos una tarde, porque era la única forma de saber de ellos, ya que en ese tiempo no existían los celulares y también era muy difícil para la clase media tener un teléfono residencial. Se sorprendieron de ver a Marcos más flaco que nunca, ella estaba calentando agua en un brasero para tomar un café porque se les había acabado el gas. Se acomodaron para tomar café y Marcos les relataba que había sido despedido de la empresa Textil Viña donde había trabajado por años. Marcos fue dirigente sindical y además les contaba que estuvo unas semanas detenido, pero lo soltaron pronto, ─pareciera ser que, a dos años del golpe militar, ya los sistemas de inteligencia que tomaban detenidos algunas personas, no los trataban con tantos apremios como al comienzo─ decía Marcos.

Marcos como fue despedido de la fabrica textil y al no encontrar trabajo, tuvo que ingresar al sistema llamado “El PEM” (Programa de empleo mínimo) y estaba barriendo la calle donde vivía, siendo burla de los vecinos fachos, sin embargo, Marcos no bajó la cabeza lo hacía con gusto, eso le permitió conocer otros vecinos que lo comenzaron a admirar por su temple, y comenzó a surgir una especie de solidaridad entre algunos vecinos, que se ayudaban mutuamente.

Así como Marcos ¿cuántos jefes de hogares perdieron sus empleos por pensar diferente? ¿Cuántos estuvieron trabajando en esos programas de empleos con sueldos miserables? Marcos hoy ya peina canas y la vida los llevo a ambos amigos por caminos diferentes.

EL DIA DEL NO

Ya han pasado los años y Maria Ester era madre de dos hijos, Claudia y Rodrigo, el menor le gustaba leer el diario “La Época”, que su padre compraba de vez en cuando, ese diario era contrario a la línea pinochetista, además  Rodrigo tenía ya en su ADN todo lo que vivió su padre antes que él naciera,  cuando fue detenido y torturado,  allí en ese diario se enteraban de las horrores de la dictadura, por lo que de niñito se mostraba anti pinochetista, del punto de vista ideológico y vibraba con la campaña que veía en la TV para decir que No continuaba o Si continuaba Augusto Pinochet en el poder, por 8 o 9 años más y ya llevaba en el poder como 15 años.

Aquel 05 de octubre de 1988 ganó el No, y eso significaba elegir democráticamente un presidente y parlamentarios. Fue  un día de algarabía y al atardecer, Rodrigo junto a su madre y hermana se sumaron a marchar por las calles del barrio allá en la Gómez Carreño, con banderas chilenas,  mucha gente salió de sus casas y perdió el miedo a manifestarse, a partir de ese día comenzó a brillar un nuevo día para los jóvenes para las familias, pero Chile ha cambiado hoy y Rodrigo ya no es el joven de ese tiempo, ya tiene 43 años, motivado por su madre Maria Ester decidió ser profesor  y en una escuela rural en Maquehue, allí ve las desigualdades en la educación, en recursos e infraestructura y ve que hay mucho por hacer, tiene la esperanza de un Chile mejor como muchos profesores que de verdad aman su profesión.

María Eugenia Aburto, relatos testimoniales.

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