Carta a un Hombre Decente
En etapas históricas de crisis social surge lo peor y mejor del ser humano. Gente aterrorizada, indiferente, aduladora, traidora. También, aparecen algunos seres con valor y decencia.
Uno de estos
últimos fuiste tú, Jaime Coloma Ceballos, estudiante universitario que en el período
de las protestas de los 80 del siglo pasado contra el gobierno del innombrable,
participaste en la democratización de la federación de estudiantes de nuestra
universidad. Se recuerda el mochilazo, la revolución pingüina; sin embargo,
pocos o nadie sabe de ti.
A las generaciones actuales esa
labor que hiciste les parecerá escasamente impresionante. No perciben que, en
esos años, los 80, ser un activista, podía significar quedar tirado en el suelo
mirando el cielo sin parpadear; muerto. Nuestro campus, el Saucache luce hoy
sin su reja perimetral de hierro hacia la avenida 18 de septiembre. Claro, ya
no necesitan mantener en un corral a los estudiantes. Y ellos, hoy consideran
como natural los derechos de que disfrutan.
Fuiste mi líder y formador. Primero,
ganaste la presidencia de la carrera y luego la federación. Eras nieto de un luchador salitrero e hijo de
un funcionario de la fuerza aérea exiliado en gran Bretaña.
¿Recuerdas esa esa comisaría,
cerca del estadio Carlos Dittborn?, allí me abofeteó con esmero y dedicación un
oficial blanquito y planchadito, porque me encontró un poema irónico tuyo sobre
la carretera austral. Decía algo así: “Se abrirán las grandes alamedas del
presidente Allende, mas no la carretera austral”. Así son de duros los críticos
literarios hasta ahora.
Hartas aventuras compartimos.
Como cuando el grupo de ultra derecha Armagedón nos incendió la sede de la federación,
y en otra, me salvé por un pelo cuando una secretaria de la facultad me
advirtió que fuera prudente en mis opiniones, porque cierto académico con el
cual yo colaboraba, era miembro de ese grupo terrorista.
No pude despedirme de ti,
Jaime, y decirte que eras íntegro y de fuertes convicciones. Me alejé de la
Federación sin darte explicaciones. Un día cualquiera, me topé de frente en
calle 21 contigo. Te dije que mi compromiso anti dictadura seguía vigente. Me felicitaste
y en tu cara vi una sombra de tristeza. Tal vez no me creíste. Y tenías razones
para dudar de mis convicciones.
Fuiste e el promotor y creador
de un servicio de desayuno gratuito para estudiantes universitarios pobres
usando la instalación del casino de la universidad. También, organizaste la
forma de darnos almuerzo y conseguiste que te facilitaran una sede vecinal en
un barrio cercano. Nos proveíamos de colaboraciones de instituciones y de
particulares dadivosos. Era fatigoso recorrer largas distancias en mi bicicleta,
cargando 30 o 40 kilos de alimentos. Allí te traicioné. Obtuve almuerzo diario
gratis, sin trabajar, en una parroquia de un sacerdote. Cuando te lo dije, me miraste
defraudado. Pero no expresaste ninguna recriminación. ¡ Eras grande Jaime!
Flaquee ante ti como san Pedro. Nunca supiste que fui la piedra de granito que
labraste.
Veías a diario que a mayoría de
nosotros apagaba prontamente su fuego interno de rebeldía. Al acercarse la
formulación de la tesis y graduarnos, comenzamos a entrar en el sistema dominante
y a ponernos formalitos y obedientes. Ellos eran puras piedras sedimentarias,
fáciles de romper. El “filósofo” de a peso fui motejado por decírselos. Y tú,
presumo, creíste que me uní a la mayoría y te abandoné.
Oye, Jaime, te acuerdas que
fuiste detenido y mantenido preso varias veces por días o semanas. Golpeado y
amedrentado por la policía de investigaciones. Al final, supe que te reventaron
física y psicológicamente.
Me informaron sobre ti. Que congelaste la carrera y te fuiste de la
universidad después que un policía tomó tu cabeza y la azotó una y otra vez
contra la reja perimetral.
Me dijeron también que te marchaste a trabajar
en la minería y un derrumbe en ella acabó contigo. No lograste vivir más allá de los 22
años. Lo sentí profundamente. Es
traumático que un abuelo deba enterrar a su descendiente. No le deseo esa
experiencia a ningún adversario. Este señor, bajito y de rostro moreno curtido por
las oscilaciones térmicas del desierto, me pidió escritos tuyos, pues escribías
y muy bien.
Ambos sabíamos que cuando uno
tiene un propósito sagrado o se cree llamado por una causa trascendente, es
cuando se siente más vivo y energizado, el temor es controlado por la sagrada
misión a cumplir; la adrenalina te hacer sentir vital, lleno de energía.
¡Ganaremos! es la consigna. Fueron momentos junto a ti trascendentes y
perdurables en mi memoria.
Jaime, en todo conflicto, los
primeros que mueren son los más nobles, los puros de corazón e ingenuos. Son personas
como tú, quienes, antes que otros, se presentan a la noble misión. Los demás,
la mayoría, mira de reojo y dan un paso al costado. Son ellos los que
sobreviven.
Fuiste un hombre decente. Muy
joven para morir.
Claudio Araya

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